Contra el viento del norte

No soy una gran seguidora de las novelas de amor, y menos de aquellas eróticas que acaban transformando los sentimientos en posturas y encuentros casuales sin más objetivo que calentar la imaginación y vender más o menos ejemplares. Los pocos títulos de género romántico que tengo en casa hacen referencia a novelas donde el dolor y la pasión son sinónimos. Novelas que podrían ser fieles a la vida real.
Anoche, en un último impulso por aprovechar las pocas horas del día que me quedaban, decidí leer uno de esos libros que tengo guardados desde Dios sabe cuándo y que alguna vez he hojeado sin mucho entusiasmo. En esta ocasión le llegó el turno a Contra el viento del norte, de Daniel Glattauer.
En plena era de la tecnología, donde las redes sociales nos permiten mantener el anonimato hasta limites insospechados, la única manera de encontrar un amor desesperado, correspondido, satisfacer nuestras fantasías sexuales y dejar volar la imaginación parece ser visitar de vez en cuando un chat, seleccionar el nick adecuado y comenzar a recrear esas escenas de sexo salvaje que tan populares se han vuelto entre el género romántico. Pero esos encuentros, a pesar de su propósito, carecen de cualquier atisbo de amor, de magia y erotismo. En las citas virtuales el destino ni existe ni se le espera. No hay oportunidad de conocerse mejor, e incluso, a veces, uno se olvida de que la persona con quien está chateando es también un ser humano, y se limita a contestar de manera casi automática la sarta de preguntas y propuestas que lee en la pantalla sin cuestionarse, ni por asomo, quién las está escribiendo. Me parece, por lo tanto, un encuentro muy egoísta.
Pero cuando el destino actúa salvajemente para interrumpir la rutina de dos personas y les hace encontrarse aun sin salir de casa; cuando, por error, tu cerebro obliga a tus dedos a teclear mal la palabra “Like” cuando quieres darte de baja en una revista, y en lugar de ello tecleas “Leike”; justo entonces, tu vida, tu integridad y la percepción que tienes del amor cambiarán para siempre.
Emmi recibe como respuesta a su mensaje una educada corrección del señor Leo Leike informándole de que aquella cuenta de correo a la que escribe no se corresponde con ninguna revista, si no con su dirección personal. Amablemente, Emmi se disculpa y se despide. Ahí parece que acaba todo, pero un tiempo después, Leo vuelve a recibir otro correo (por error) de la propia Emmi. Poco a poco, correspondencia a correspondencia, los dos usuarios empiezan a entablar una conversación que cada vez se volverá más íntima. Y digo intima porque el anonimato que ambos mantienen les permite conocerse desde dentro hacia afuera, dejar a un lado las diferencias, los gustos personales sobre el físico que pudiera tener (o no) el otro; y se limitan a profundizar en su mente, a leer entre líneas la personalidad de cada uno. Un detalle insignificante que nos parece casi imposible; nadie puede sentir cierta atracción por una persona sin conocerla, sin haberla visto y sin haber hablado con ella. Pero, ¿de verdad no habéis vivido nada parecido?

Esta novela te permite ser testigo de cómo los sentimientos pueden surgir de la nada, cómo la casualidad, o el destino, te hacen permanecer al lado de la persona adecuada sin importar el cómo. Llega un momento en el que ambos son capaces de contestarse cualquier cosa con tal de mantener prendida esa conexión que les une. Ninguno quiere realmente dejar de hablar, aunque se lo propongan varias veces. Y si eso no es amor, no sé entonces qué es.

Lo realmente bello de esta novela, además de la experiencia que viven los personajes, es que a cualquiera de nosotros puede pasar por algo semejante en cualquier momento. No es una historia de amor en el que la mujer, tras haber estado llorando y sufriendo en silencio por una relación imposible, se detiene en mitad de la calle, se limpia las lágrimas, se da cuenta de que el amor que siente por su amante es lo único que importa y vuelve para recuperarle. No. En esta novela no hay acciones injustificadas, todo tiene su razonamiento. Los personajes son tan reales, tan humanos, que el lector, a pesar de tener acceso tan solo a sus correos electrónicos, es capaz de imaginarse cada escena, sufrir y formar parte de esos encuentros clandestinos, como si, por capricho del destino, hubiera desvelado un gran secreto. Llega un momento en el que realmente sientes que formas parte de esa historia y dudas sobre si alguna vivirás algo parecido. Al leer los mensajes entre Leo y Emmi te entran ganas de enamorarte, de volver a sentir la rabia y las ganas de comerte el mundo. Sabes que eres capaz de hacer cualquier cosa.
Da miedo plantearse que nuestro subconsciente sea capaz de localizar a ese alguien en cualquier parte del mundo, esa persona que nos corresponde, y hacer lo que sea necesario para acercarnos a él/ella. Realmente, lo que mantiene unidos a Leo y a Emmi no son las conversaciones que comparten por correo electrónico, si no la conexión que surgió desde el primer momento. Ambos sienten la necesidad de continuar en contacto, ninguno es capaz de cortar la relación aun sabiendo que, probablemente, no les lleve a ninguna parte. Ese sentimiento inexplicable que aparece cuando te encuentras cerca de una persona especial, de alguien que se va a convertir en un signo de admiración en tu vida. Y a pesar de no conocer nada de esa otra persona, permaneces inquieto y ausente, pensando por qué no puedes dejar de pensar en ella. Intentas buscarle una explicación lógica a la invasión que ha hecho en tu mente. Una invasión que, en este caso, solo puede materializarse con unas palabras sin rostro y una imagen sin voz que les acompaña en cada momento del día.
Fuera de esas conversaciones, cada cual tiene su propia vida, sus problemas y una identidad que les convierte en seres humanos. Ambos, en esos encuentros, se demuestran el uno al otro que son personas, no meras palabras que brotan en las pantallas de sus respectivos ordenadores y acumulan mensajes en su bandeja de entrada. Emmi está “felizmente casa” mientras que Leo acaba de sufrir un duro desengaño amoroso. Ese conflicto interno que sienten los dos protagonistas, se verá cercado por la necesidad de encontrarse en persona. Al parecer, el anonimato que nos brindan las redes sociales pierde su sentido cuando los sentimientos surgen de forma inesperada y aparece esa necesidad de atribuirle una imagen a las palabras. El deseo de conocerse en persona, de verse, tocarse, olerse, escucharse y besarse aparece y desaparece a medida que su relación se torna más cercana. Los celos de su marido, su vida familiar y la situación de peligro que sufre su matrimonio hará que Emmi se muestre reacia a conocer a Leo, ese hombre que le hace olvidar la rutina de su día a día y le ayuda a conocerse mejor a sí misma. Por otra parte, el filo de la muerte que ha dañado a su familia, la pronta ruptura con la mujer de su vida y la necesidad de no sentirse solo, hará que Leo quiera, desespere, por sentir a Emmi aún más cerca. Esa dependencia que ambos tienen por sus mensajes, al final, cuando parece que su atracción se ha hecho evidente, solo podrá desembocar en tres cosas: 1) dejar de hablarse, romper con la relación que tienen y mantener tan solo un bonito recuerdo; 2) continuar conversando indefinidamente y dejar que sea el tiempo quien les acabe alejando; 3) conocerse, romper por fin con el anonimato y retirar el velo; enfrentarle al miedo que les causa no ser lo que el otro espera de ellos.
Desde el principio ambos se crean una imagen de la persona con la que están hablando, una imagen idealizada que es fiel al prototipo de belleza y de amor que tienen cada uno. Pero la necesidad de conocerse, de ponerle rostro a ese sentimiento conlleva el riesgo de que esa misma imagen no sea fiel a la que cada uno ha creado para sí y que la atracción se destruya al instante. Al final tendrán que sopesar qué es más importante en el amor: el contacto físico o la comunicación.
Daniel Glattauer consigue materializar en forma de novela ese sentimiento idealizado que todos sentimos hacia nuestra pareja, o hacia la persona de la que nos enamoramos. En realidad no nos sentimos atraídos por la persona que conocemos, si no por la persona que deseamos conocer. De ahí que después sucedan tantas rupturas. Me parece alucinante que este libro, escrito por medio de correos electrónicos -lo que sustituiría una novela epistolar clásica- sea capaz de plasmar tantos sentimientos, tantas imágenes y que, al final, nos muestre una historial real, con personajes reales y situaciones con probabilidades de sucederle a cualquiera en cualquier parte. Cuando estaba leyendo la correspondencia no dejaba de repetirme a mí misma que esta era una buena novela; y lo que la hace realmente buena, además de todas las características que he ido enumerando, es que, de pronto, olvidas que estás leyendo un libro y te ves a tí mismo como un ente invisible que se ha colado en la vida de dos personas para conocerlas desde dentro y compartir ese sentimiento que se obligan a reprimir. Te tomas la libertad de opinar sobre sus actos, de criticar su personalidad y, al final, casi sin proponértelo, te acabas enamorando de ellos.
Es una de esas novelas que te marcan, que sabes que no están escritas por casualidad y que, si no fuera por la época en la que vivimos, donde Internet alcanza y controla cualquier cosa, jamás podrían haber sucedido.

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